Iniciar la práctica profesional en tiempo de tanta alternativa terapéutica
Nunca hubo tantas formas de hacer psicoterapia como hoy. Terapia cognitivo-conductual, psicoanálisis, gestalt, EMDR, mindfulness, terapia sistémica, ACT, esquema terapia — y la lista sigue creciendo. Para alguien que recién empieza, esa abundancia puede sentirse más como un laberinto que como una oportunidad.
¿Por dónde empezar? ¿Cómo elegir un marco de referencia? ¿Hay que especializarse desde el principio o primero hay que formarse de forma amplia? ¿Qué pasa si el enfoque que me enseñaron en la facultad no es el que quiero ejercer?
Estas preguntas son legítimas. Y no tienen una respuesta única.
Ante tanta oferta, una respuesta frecuente es el eclecticismo: tomar un poco de cada enfoque y combinarlos según el caso. En teoría suena razonable. En la práctica, sin una base teórica sólida, puede convertirse en una fuente de confusión — tanto para el terapeuta como para el paciente.
No porque los distintos enfoques sean incompatibles entre sí, sino porque cada uno parte de supuestos diferentes sobre qué es el sufrimiento psíquico, qué produce el cambio y cuál es el rol del terapeuta. Mezclarlos sin entender esos supuestos puede llevar a intervenciones contradictorias o a una práctica sin brújula.
La alternativa no es cerrarse a un único enfoque para siempre. Es formarse en profundidad en alguno — conocerlo bien, practicarlo, supervisarlo — antes de empezar a incorporar elementos de otros.
Esa base da seguridad. Permite tomar decisiones clínicas con criterio, no por intuición o por imitación. Y paradójicamente, cuando uno conoce bien un marco teórico, se vuelve más fácil — y más fructífero — el diálogo con otros enfoques.
Hay enfoques que están de moda. Que aparecen en todos lados, que suenan modernos, que prometen resultados rápidos y medibles. No hay nada malo en conocerlos — pero elegir una formación por moda, sin preguntarse si realmente coincide con la propia manera de entender el sufrimiento humano, suele resultar en una práctica forzada.
La pregunta que vale la pena hacerse no es ¿qué está funcionando ahora? sino ¿cómo entiendo yo lo que le pasa a una persona que sufre, y qué tipo de acompañamiento creo que puede ayudarla?
Esa pregunta no tiene respuesta inmediata. Se responde con tiempo, con experiencia, con supervisión y con una formación que invite a pensar — no sólo a aplicar técnicas.

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